CÓMO HACER UN BUEN COMPOST

El compost y el abonado a través de los ciclos productivos


El compostaje en montón

 

 


 

El compost y el abonado a través de los ciclos productivos

El arte de compostar la materia orgánica es una de las cualidades que nos diferencian a los hortelanos y a los agricultores ecológicos o biodinámicos.

La materia orgánica fresca debe vivir un proceso de transformación para llegar a convertirse en nutriente del suelo y de las plantas cultivadas.

Este proceso de transmutación es visto desde ópticas muy diversas –convergentes o divergentes– en función de la filosofía subyacente en el agricultor o el hortelano.

Lo más habitual es pensar que el compost, como resultado de la buena descomposición de los restos orgánicos más diversos, es el alimento de nuestras plantas cultivadas. Y, ciertamente, es verdad, pero sólo a medias. De hecho, la función más importante de la incorporación de materia orgánica a la tierra es que sirva de alimento a la miríada de organismos vivos que pueblan cada gramo de tierra: bacterias, hongos, lombrices, etc. Ellos son los verdaderos transformadores de los compuestos orgánicos y minerales en humus y nutrientes asimilables por las plantas. Recordemos que las plantas no disponen de sistema digestivo y que el proceso de transformación y digestión se realiza en el seno de la tierra, mediante la actividad de hongos, bacterias, lombrices y microrrizas, que son como la flora intestinal de las plantas. De ahí que, si dejamos compostar excesivamente la materia orgánica, nos hallamos ante un fertilizante transformado por la actividad bacteriana del montón de compost y soluble en agua, que actúa como alimento directamente asimilable por las raíces de las plantas, pero con poca o nula capacidad para nutrir las bacterias, hongos, lombrices y restos de microorganismos vitales de la tierra, lo que nos obligará a restituir periódicamente ciertas cantidades de compost a esa tierra que, probablemente, se irá desvitalizando y mineralizando.

Mientras que, si la materia orgánica que aportamos a la tierra no está totalmente descompuesta, o sea, que mantiene ciertos niveles de celulosa y otros elementos en fase de desintegración, como sucede con los abonos verdes y el compostaje en superficie, estamos nutriendo a la vez la tierra y las plantas que en ella cultivamos.

La única precaución a tener muy presente es que la tierra así alimentada mantiene un nivel de actividad biológica y fermentativa alto, con materia orgánica en fase de descomposición que no resulta idónea para todo tipo de cultivos, sobre todo los más sensibles, como zanahorias y judías.

En horticultura, este escollo lo superamos positivamente con un diseño de rotaciones bien definido, en el que, tras un abono verde o un abonado de fondo con compost o estiércol a medio fermentar, plantamos plantas voraces y resistentes a la presencia de materia orgánica en fermentación, como son las solanáceas (tomates, patatas, berenjenas) o la mayor parte de las cucurbitáceas (calabazas, calabacines, pepinos) o incluso crucíferas (coles, brocolis, etc.). Tras su cosecha, sin necesidad de nuevos aportes orgánicos, podemos cultivar en la misma parcela plantas de hoja, como lechugas, escarolas, acelgas, espinacas o puerros, y, tras su cosecha, sin aporte de materia orgánica o con un mínimo de compost muy fermentado o lumbricompost, podemos ocupar ese espacio con raíces: zanahorias, remolachas, nabos, rabanitos, cebollas, ajos… A las raíces les sucederán leguminosas (habas, guisantes, judías…) y, tras la cosecha de las leguminosas, tenemos dos opciones: aprovechar ese suelo enriquecido cultivando de nuevo hojas o raíces o reiniciar el ciclo de rotaciones con un abono verde o un abonado de fondo, y, así, sucesivamente.

Esta práctica permite el máximo aprovechamiento del suelo cultivado con el mínimo de gasto energético y de compost y, sobre todo, garantiza la continua fertilidad de la tierra, dada la permanente actividad biológica que en ella se produce y la gran biodiversidad que permanentemente alberga.

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El compostaje en montón

La verdadera utilidad de compostar en montón la materia orgánica disponible –restos de cosecha, deyecciones animales, hojas, hierbas y restos orgánicos de la cocina– debemos verla como una transmutación profunda capaz de ir más allá del concepto tradicional de predigerir la materia orgánica para hacerla más asimilable por parte de las raíces de las plantas cultivadas.

Solemos partir de que el compostaje es la transformación biológica que acontece en un montón de materia orgánica, en el que millones de microorganismos desarrollan su actividad vital convirtiendo esa materia vegetal, fresca o seca, en elementos fácilmente asimilables por las plantas que crecen en la tierra donde se deposita el compost resultante. Pero hay más, hay aspectos mucho más profundos y sutiles en el llamado arte de compostar. Además de conocer y aplicar con mayor o menor rigor las cuestiones referentes a las proporciones adecuadas de nitrógeno y carbono (elementos verdes acuosos y elementos secos ricos en celulosa), de humedad regular (ni demasiado mojado ni seco) y de temperatura (el color aviva la vida bacteriana y microbiana y el frío la ralentiza), debemos perseguir que el resultado del esfuerzo que realizamos al elaborar el compost sea algo más que la suma de partes y la conversión de materia orgánica bruta en fertilizante orgánico.

En un montón se producen transmutaciones biológicas en las que los microorganismos se ven activados por cuestiones bioquímicas simples y predecibles, pero en donde también intervienen fenómenos sutiles, como las interacciones de los reinos mineral, vegetal, animal y humano, fusionados, imbricados y codependientes, interactuando con las fuerzas cósmicas, las energías telúricas y los cuatro elementos: tierra (minerales), agua, aire y fuego (calor). De la combinación acertada de conocimientos, sabiduría y buen hacer del hortelano dependerá que el compost elaborado, tras unos meses de profundas transmutaciones biológicas y sutiles, donde se habrá tenido en cuenta las proporciones y buena combinación de los diversos elementos disponibles, teniendo especial cuidado en vigilar los cambios de humedad o temperatura y eligiendo las fases de luna llena y descendente para su manipulación y volteo, se obtenga un simple y vulgar fertilizante orgánico o consigamos algo más que esa suma de partes y procesos bien calculados, obteniendo un biocatalizador capaz de activar la vida vegetal y movilizar sutil y armónicamente las fuerzas de la vida y de la naturaleza, el cual, al ser incorporado a la tierra de cultivo, la alimente, pero, sobre todo, potencie su vitalidad y se comporte como una armoniosa sinfonía musical que anime y alegre a todos los seres –minerales, vegetales, animales, humanos y sutiles– que pueblan el espacio cultivado.

¡Buen provecho! ¡Buen compost!

Huelga decir que hay pocos grandes compositores o maestros de orquesta y que la mayoría nos limitamos a componer (compostar) sencillas melodías, no por eso carentes de encanto y ritmo vitalizador.

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